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En febrero de 1462, Vlad III de Valaquia se encuentra en su campamento después de arrasar la localidad otomana de Târgoviste en la frontera del Danubio.
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Disfruto del olor de la sangre fresca de mis enemigos. He aniquilado hombres y mujeres, jóvenes y ancianos de los pueblos a lo largo del Danubio hasta su desembocadura en el mar. Más de 23.000 otomanos, sin contar los quemados en sus hogares o los turcos decapitados por mis soldados. Los oídos, narices y cabezas llenan dos sacos que enviaré al rey de Hungría Matías Corvino como símbolo de nuestra alianza contra los infieles. El Gran Turco debe saber que he roto la tregua con él y que Vlad Drácula (hijo del Dragón) o Tepes (Empalador) lo considera enemigo de la Cruz, persiguiéndolo hasta su desaparición.
El Sultán conocerá de primera mano la leyenda sobre mi crueldad y sed de sangre, forjada en la región de frontera entre la Cristiandad y el Islam, un territorio de guerras implacables. Prefiero ser temido que amado, por eso me divierte la leyenda que me retrata como un sádico diabólico que disfruta del sufrimiento y la muerte, que bebe la sangre de sus víctimas o cena empapando pan en ella.
Aunque a menudo exagerada, mi fama de cruel me ha permitido mantener la paz en mi reino a través del terror que generan estas historias, como la anécdota de dejar una copa de oro en una fuente para que los sedientos beban, nunca robada por el miedo que me tienen mis súbditos y mi tortura favorita, la estaca.
Para mí, el empalamiento es una forma efectiva de mantener el orden y demostrar a mis enemigos las consecuencias de resistirse a mi autoridad. Cuando los sajones confiscaron el acero comprado por un comerciante valaco en Brasov, respondí capturando y ejecutando a todos los comerciantes de esa ciudad y Tara Bârsei, saqueando sus bienes. Incluso reuní a 300 niños de esas ciudades para empalar a unos y quemar a otros.
Un hombre fuerte puede dictar los términos de la paz; pero si es débil, otro más fuerte impondrá sus condiciones. Esta es la premisa que guía mi vida y mi gobierno en una región de alianzas cambiantes, donde la traición es moneda corriente entre príncipes que buscan mantener la independencia de sus reinos ante la expansión del imperio Otomano. Mi familia y yo hemos sufrido la traición en carne propia.
Valaquia solía ser aliada de la Sublime Puerta y enemiga de los húngaros, hasta que la situación se invirtió en la época de nuestros padres. Mi padre, Vlad II Dracul, se sometió al Sultán Murad II para salvar su principado de la dominación musulmana. Mi hermano Radu y yo fuimos rehenes en la corte otomana para garantizar la sumisión de nuestro padre a los turcos.
Esto causó la enemistad del regente húngaro Juan Hunyadi, quien urdió la traición de los nobles valacos, prohúngaros, que asesinaron a mi padre y a mi hermano mayor para instaurar a un usurpador. Con la ayuda del sultán, recuperé el trono de mi padre temporalmente, ya que los boyardos prohúngaros me expulsaron nuevamente.
Después de años de exilio en busca de alianzas, en 1456 recuperé el trono con determinación y me dispuse a eliminar a cualquier amenaza a mi gobierno y a mis descendientes. La purga contra los boyardos traidores fue brutal, con miles ejecutados y empalados como ejemplo para otros.
La realidad me obliga a cambiar de alianzas nuevamente. El hijo de Murad, Mehmet II, exige un vasallaje excesivo, lo que me lleva a buscar la alianza con los húngaros. Sus emisarios, en apariencia de paz pero con la intención de llevarme preso a Estambul, yacen empalados en Valaquia.
La cruzada ha comenzado y no hay marcha atrás. Las tropas otomanas lideradas por el propio sultán se acercan, el mayor ejército desde la caída de Constantinopla. He cruzado el Danubio, arrasando los pueblos turcos a mi paso. Cuando el Gran Turco llegue, encontrará ciudades en ruinas, con pocos supervivientes para contar los horrores infligidos por mis soldados y explicar por qué miles de turcos, incluyendo ancianos y niños, cuelgan empalados en los campos y plazas.
Al entrar en Târgoviste, Mehmed II encontrará una ciudad desierta, llena de empalados en miles de estacas, con bebés junto a sus madres y pájaros anidando en sus cuerpos. Esta visión lo perturbará y aterrorizará a sus hombres, mostrando mi disposición a utilizar la crueldad contra mis enemigos.
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