Ochenta años después: recordando el impacto del Desembarco de Normandía, una batalla que marcó un antes y un después en la historia.

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En medio de grandes esfuerzos, cargados con su equipaje, azotados por las olas y acosados por el fuego enemigo, los soldados intentaban llegar a la playa entre los cuerpos de sus compañeros caídos y diversos restos que flotaban arrastrados por el mar. «La gente gritaba, lloraba, moría –contó el sargento Felix Branham, del 116.o Regimiento de Infantería–. Los hombres morían desangrados, se arrastraban, estaban por todas partes, los disparos llegaban desde todas direcciones».

Se desarrollaban escenas dramáticas, como la presenciada por un miembro del 116.o Regimiento que presenció la muerte del sargento Pilgrim Robertson: «Tenía una herida abierta en la frente superior derecha. Caminaba desorientado por el agua, sin casco. Entonces lo vi arrodillarse y rezar el rosario. En ese instante, los alemanes lo partieron por la mitad con su cruel fuego cruzado». 

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En las primeras horas, la situación en Omaha era caótica. Los soldados, paralizados por el miedo, intentaban resguardarse detrás de los obstáculos defensivos construidos por los alemanes o los vehículos en llamas que yacían en la playa. Los más valientes se lanzaron en una carrera desesperada hacia la escasa protección que ofrecía el muro rompeolas. Algunos heridos que no podían moverse terminaron ahogados por la marea creciente. 

Desembarco NormandíaDesembarco Normandía

Desembarco Normandía

Playa de Normandía en el Día D, en junio de 1944.

Cordon Press

Mientras tanto, bajo el fuego enemigo, los equipos de ingenieros trabajaban arduamente para abrir caminos entre alambradas y minas para facilitar el avance de la infantería, que se encontraba atrapada en la costa. Con la mayoría de los líderes muertos, organizar cualquier acción resultaba difícil, especialmente porque el 80 por ciento de las radios fallaron al entrar en contacto con el agua del mar. La situación era caótica, tanto que, años después, el teniente general Bradley, que supervisaba los combates desde su puesto de mando en el crucero USS Augusta, consideró evacuar Omaha y redirigir las siguientes oleadas a otros sectores con más éxito en el desembarco. Sin embargo, se ha sugerido recientemente que esta afirmación, más que reflejar sus sentimientos en ese momento, podría haber sido una interpretación retrospectiva, influenciada por la narrativa posterior sobre el sangriento desembarco en Omaha. 

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Poco a poco, se estableció cierto orden en medio del caos. El apoyo de los destructores enviados por Bradley, que se acercaron a solo 1.000 metros de la costa para concentrar el fuego en las posiciones enemigas, fue crucial. Mientras tanto, en áreas donde la resistencia era menor, algunas unidades lograron llegar a los acantilados con pocas bajas y se dedicaron a superarlos. En el camino se encontraron con las minas colocadas por los alemanes

La presión sobre los defensores aumentó a medida que más oleadas de infantería alcanzaban la playa. A las 12.30, habían desembarcado 18.772 hombres, lo que permitió a los estadounidenses asegurar sus posiciones aún frágiles y avanzar hacia las tres principales localidades del interior: Vierville, Saint-Laurent y Colleville. Durante las primeras horas de la tarde, la situación en la playa comenzó a estar bajo control


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