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Abel G.M.
Periodista especializado en historia, paleontología y mascotas
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Muchos de los artistas del Renacimiento no tenían, en realidad, los nombres con los que hoy los conocemos: Botticelli, Tintoretto o Ghirlandaio eran, en realidad, apodos que heredaban a causa de otros miembros de su familia.
Muchos de esos apodos provenían de los oficios de sus progenitores. Así, por ejemplo, al veneciano Jacopo Robusti lo llamaban Tintoretto (pequeño tintor) porque su padre se dedicaba a esa profesión. Al florentino Domenico Bigordi lo llamaban Ghirlandaio porque su padre era orfebre y él, de joven, le ayudaba en su taller fabricando collares de guirnaldas.
Más cruel era el apodo del florentino Botticelli, que le venía porque a su hermano mayor lo llamaban Botticello (o sea, un barril de gran tamaño) a causa de su notoria obesidad, aunque él no fuera obeso. Los apodos eran muchas veces bastante crueles o sarcásticos y, como les eran impuestos cuando todavía eran jóvenes, se les quedaban “pegados” para toda la vida.
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