Pese a estar situado en una de las zonas desérticas y áridas más extensas del planeta, Egipto acogió una de las civilizaciones más brillantes y ricas de la Antigüedad. Ello fue posible gracias al río Nilo, que desempeñó un papel crucial en la formación y desarrollo de la cultura faraónica. Fuente inagotable de recursos, el Nilo aportó con generosidad el agua y los alimentos necesarios para la subsistencia de los egipcios, y su curso constituyó la principal vía de transporte de personas y mercancías por todo el país.
Con más de 6.600 kilómetros de longitud, el Nilo es el mayor río del continente africano. Inicia su periplo en la región de los Grandes Lagos de África central y fluye hasta Sudán, donde toma el nombre de Nilo Blanco y se une al Nilo Azul, que nace en Etiopía. Luego irrumpe en Egipto en medio de un gran valle y avanza hasta formar un amplio delta pantanoso antes de desembocar en el mar Mediterráneo. Sin embargo, los antiguos egipcios se asentaron únicamente en los últimos 1.300 kilómetros de su cauce, en los que era posible la navegación fluvial.
Fotografía de satélite de Egipto, con el valle del Nilo y el delta, y, a la derecha, el mar Rojo.
Fotografía de satélite de Egipto, con el valle del Nilo y el delta, y, a la derecha, el mar Rojo.
PD
Geografía simbólica
Los antiguos egipcios denominaban a su país Kemet, «tierra negra», debido al color negro del limo llevado y depositado por la inundación anual del Nilo que fertilizaba las tierras cultivables. Kemet era la zona habitada y donde era posible el cultivo de los campos. Egipto era solo la tierra fértil del valle (Alto Egipto) y del delta (Bajo Egipto). El resto era Desheret, «la tierra roja», llamado así por el árido color de las arenas del desierto deshabitado, yermo e infecundo.
El Nilo también dividía el país en dos mitades: iabet, «oriente», e imenet, «occidente». Para el pueblo egipcio, el recorrido que realizaba el sol en el horizonte tenía importantes connotaciones funerarias. El sol desaparecía cada atardecer por occidente simbolizando la muerte, y nacía cada mañana por oriente simbolizando la vida y la resurrección. Por ello, las ciudades y las aldeas de los antiguos egipcios se ubicaban siempre en la ribera este del Nilo; y las necrópolis y los templos funerarios, en la orilla oeste.
El sol se ponía cada atardecer por occidente simbolizando la muerte, por ello, las ciudades y las aldeas se ubicaban siempre en la ribera este del Nilo.

Paisaje nilótico a la altura de Luxor, en el Alto Egipto. Al fondo, el desierto.
Paisaje nilótico a la altura de Luxor, en el Alto Egipto. Al fondo, el desierto.
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Teniendo en cuenta el alto valor simbólico que tenía el Nilo para el pueblo egipcio y dado que la religión egipcia era politeísta, no podía faltar una divinidad que personificase el río. Esta era Hapi, un dios que representaba el poder benéfico y fecundante del río que hacía verdear las orillas del valle y el Delta. Los egipcios le dedicaron numerosos himnos: «¡Salud a ti, oh Hapi que has salido de la tierra, que has venido para dar vida a Egipto!».
En las representaciones iconográficas, Hapi adopta el aspecto de un hombre desnudo, de piel verde azulada, ataviado con una barba postiza –símbolo de poder–, con senos caídos y barriga abultada, apariencia que subraya los conceptos de fertilidad y aprovisionamiento. A menudo aparecía también cargado de plantas y de peces. Asimismo, Hapi custodiaba las fuentes de la inundación que, según las creencias egipcias, se hallaban en Elefantina, no lejos del grupo de rápidos conocidos como primera catarata. El pueblo egipcio lo veneraba, y el faraón le hacía ofrendas para que la crecida del Nilo tuviera lugar durante el período correcto y su caudal fuese el adecuado.

Relieve del templo de Seti I en Abydos que representa a Hapi, dios del Nilo, mostrando la abundancia de sus recursos.
Relieve del templo de Seti I en Abydos que representa a Hapi, dios del Nilo, mostrando la abundancia de sus recursos.
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En efecto, si las aguas no subían lo suficiente, se reducía la superficie de tierra donde se podía sembrar y las cosechas decrecían, con la consecuente hambruna entre la población. Una crecida excesiva también conllevaba consecuencias desastrosas; se perdían cosechas enteras por anegamiento, se destruían los diques y canales, y aldeas y pueblos enteros eran arrasados.
El calendario de las estaciones
La inundación anual del Nilo se producía durante la estación de ajet, que empezaba a finales de junio. Era el momento en que las aguas del río traían la fina capa de sedimentos y nutrientes que se depositaba sobre la tierra y aseguraba la fertilidad de los campos y, con ella, la abundancia agrícola.
La altura de la crecida anual se medía con los nilómetros, unas estructuras de piedra en forma de pozos con escaleras descendentes, en cuyas paredes se tallaban unas marcas que indicaban la superficie aproximada de terreno que sería inundada y sometida al control fiscal. La medida del nivel de las aguas del Nilo era, por consiguiente, un asunto de máxima relevancia para la administración faraónica, ya que le permitía calcular los impuestos a percibir.
A fin de aprovechar al máximo las crecidas del Nilo, los antiguos egipcios construyeron diques que permitían retener el agua necesaria para irrigar los campos mediante un elaborado sistema de canales de regadío y acequias. El trabajo de los labriegos también incluía limpiar y acondicionar los canales naturales para asegurar tanto la distribución gradual de las aguas aportadas durante la crecida como su posterior evacuación en cada cuenca. Asimismo, las comunidades campesinas también se encargaban de reforzar los márgenes del río para prevenir posibles desbordamientos.
Los antiguos egipcios construyeron diques que permitían retener el agua necesaria para irrigar los campos mediante un elaborado sistema de canales.

