El número de barcos aumenta, la oleada interminable de vikingos nunca deja de crecer. Por todas partes los cristianos son víctimas de masacres, incendios, saqueos; los vikingos lo conquistan todo a su paso y nadie se les resiste. Así describía el cronista Ermentario de Noirmputier las incursiones que devastaban Francia incendiándolo todo a su paso; pero como había llegado el antaño poderoso reino de Carlomagno a caer tan bajo?
Ya en tiempos del emperador franco los vikingos habían atacado las costas francas, y este se vio obligado a construir una serie de puentes fortificados para cerrarles el paso por los ríos, pero no sería hasta la crisis sucesoria que siguió a la muerte de su hijo Luís el Piadoso en el 840, que estos tendrían vía libre para asolar el territorio.
Los vikingos asaltan Francia
Tras el funeral los tres herederos del rey no se pusieron de acuerdo en quién debía heredar qué, y se enzarzaron en una brutal guerra civil que daneses y noruegos aprovecharon para lanzarse al saqueo. Así en el año 841 una expedición de saqueo liderada por Asgeir remontó el Sena y llegó hasta Ruan, donde según un cronista contemporáneos los vikingos “saquearon la ciudad mediante el pillaje, el fuego y la espada”.
Charles the Bald in Combat
Carlos el Calvo lucha contra su hermano Luis el Alemán en una miniatura de las Crónicas de san Denis. Siglo XIV, Biblioteca Británica, Londres.
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Para el 843 el imperio carolingio había quedado dividido en tres reinos de menor entidad, recayendo al corona de Francia en Carlos el Calvo, quien además de las esporádicas guerras contra sus hermanos debía hacer frente a revueltas internas como las de Aquitania y Bretaña, región esta última que logró independizarse.
Aprovechándose pues de la creciente debilidad franca, los nórdicos multiplicaron sus incursiones, que partiendo de Noruega y Dinamarca asolaban la costa durante el verano para regresar a casa cargados de botín y esclavos con la llegada del otoño.

Charles II, Holy Roman Emperor
Pese al fiasco de París, Carlos (arriba) logró reunificar parte del reino de su padre y ser coronado como emperador por el Papa. Salterio anónimo del siglo X, Biblioteca Nacional, París.
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Uno de estos incursores fue el danés Ragnar Lodbrock (Reginherus para los francos), personaje inmortalizado en las sagas como matador de dragones y rey, a quien Carlos cedió un feudo en Flandes para que cesara en sus ataques. Con todo, fuera por la codicia del vikingo o la mala fe del rey, este acuerdo no duró mucho, y cuando en el 845 Carlos le quitó sus tierras, Ragnar reunió un gran ejército de 5.000 incursores y 120 drakkars para atacar una de las ciudades más ricas de Francia: París.
Guerra en el Sena
Por aquel entonces la ciudad no era la capital del reino, pero sí un importante nudo comercial construido en una isla sobre las ruinas de la colonia romana de Lutecia. A principios de año la armada vikinga subió por el río sin encontrar gran resistencia, pero al llegar a París se encontró frente a frente con el ejército de Carlos, que había acudido para defender la plaza y la vecina abadía de san Denis: la más rica de sus dominios y mausoleo de los reyes francos.
No obstante Carlos había cometido el error de dividir sus fuerzas entre los dos márgenes del río para proteger ambas orillas, lo que brindaba a Ragnar la oportunidad de batir por separado ambas huestes. Este así lo hizo desembarcando en la ribera sur, donde derrotó a los francos y tomó 11 prisioneros, que fueron sacrificados a Odín en un islote del Sena ante la horrorizada mirada del resto de francos.

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Reconstrucción moderna de un drakkar vikingo. 120 naves como esta llevaron al ejército de Ragnar a la victoria en París.
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La truculenta ejecución quebró la frágil moral de los hombres de Carlos, que se negaron a luchar huyendo hacia san Denis. Sin la protección del ejército, París quedó totalmente expuesto, y sus habitantes huyeron en masa llevándose los objetos más valiosos de sus casas. Por ello cuando los vikingos llegaron a la ciudad el 28 de marzo apenas encontraron resistencia, y tras cruzar las desvencijadas murallas romanas saquearon la villa a placer, incendiando las iglesias de Saint-Germain-des-Prés y Santa Genoveva.
Tras el saqueo Ragnar y los suyos descansaron durante un tiempo, pero la molicie y las insalubres aguas del río pronto hicieron mella en ellos, pues sufrieron una epidemia de disentería que se cobró cientos de vidas. Con todo el danés todavía tenía un as en la manga, y ocultando su difícil situación amenazó a Carlos con incendiar París si no recibía un fabuloso rescate de 2.570 kilos de plata. Sin ejército, el rey tuvo que ceder, y los nórdicos regresaron al mar con sus naves repletas de botín.

Denier de Charles II le Chauve
Monedas de plata como esta, acuñada durante el reinado de Carlos, formarían parte del tesoro que los vikingos se llevaron de Francia en 845.
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Francia sufriría considerablemente a causa de estas expediciones vikingas, que lograron establecer un efímero reino nórdico en Bretaña y se asentaron de manera más firme en Normandía con las conquistas del exiliado noruego Rollón. Quien consiguió que los francos lo reconocieron como duque y le dieran en matrimonio a la princesa Gisela.
El temporal solo amainaría a finales del siglo X, gracias al establecimiento de una serie de reinos vikingos en Inglaterra, presa mucho más apetecible para los incursores donde podían conseguir tierras y riqueza sin temer represalias de los débiles y divididos reyes sajones.