La importancia de la escritura y su impacto en la sociedad

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Era un día caluroso, un día de verano, pero la poderosa corriente del gran río mitigaba el ardor del aire. Esmet-Akhom, sacerdote de Isis, contemplaba el fluir del Nilo, majestuoso y antiguo, imperecedero, inmortal. Eterno, como los viejos dioses. Miró las aguas, el sol y su reflejo en el muro. La luz hería la vista. El sacerdote entornó los ojos y contempló por última vez su obra: la silueta del dios Mandulis y los jeroglíficos en su honor, tallados por su mano, «para todos los tiempos y para la eternidad».

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Era el 24 de agosto del año 394 d.C., y ese texto de Esmet-Akhom, labrado en el templo de la isla de File, es el más tardío que conocemos de la cinco veces milenaria escritura jeroglífica.

Hoy nos impresionan los monumentos faraónicos (y eso que son ruinas), repletos de signos que hablan de dioses y reyes. El poder impone. Y el poder, en el mundo antiguo, es el dueño de la escritura. Quienes se rebelan son aplastados, destruidos, y, por si ello no fuera bastante, condenados al olvido, expulsados de la historia como si nunca hubieran existido.

Así sucedió con Espartaco, el gladiador que hizo temblar a Roma. De su vida sabemos poco –casi nada–, y de su final aún menos: su muerte fue anónima, pues cayó luchando entre los suyos; si los vencedores buscaron sus restos para ultrajarlos, no los pudieron identificar.

Pero el vacío de los textos lo colma la leyenda del luchador por la libertad. Dos mil años más tarde, Espartaco sigue vivo en nuestras mentes, como encarnación de un ideal que nunca perecerá: el gladiador romano se ha convertido en un héroe trágico, portador de esperanza y de justicia social.

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