Arturo, un rey desdichado nacido del engaño y el adulterio, se embarca en la venganza y pierde su vida y su reino. Merlín, su consejero mago y profeta nacido de un íncubo, es encerrado en una cueva por su discípula Niniana, una bruja novata. Cuando presiente su final, lanza un grito terrible, el baladro, que resuena por doquier y anuncia su desaparición.
Los relatos de Arturo, Merlín y los caballeros de la Tabla Redonda seguían vivos en el otoño de la Edad Media: entre los libros de Isabel I de Castilla, princesa medieval y soberana del Renacimiento, figuraban el Baladro de Merlín, la Historia de Lanzarote, La demanda del Santo Grial… Pero su época fue la del canto del cisne del ciclo artúrico, que pronto dejó paso a los libros de caballerías satirizados por Cervantes en el Quijote.
A medida que la nobleza aceptó la autoridad del soberano y se hizo cortesana, la ficción caballeresca se lanzó por el camino de lo maravilloso y de la evasión, con figuras regias menos problemáticas para la institución monárquica que Arturo y su consejero sobrenatural, con caballeros menos cuestionables que un Lanzarote que traiciona a su señor.
Eso sí, todos ellos provistos de espada, emblema del valor y del honor del caballero y a veces portadora de magia, como Excalibur, que hace rey a Arturo y desaparece a su muerte. Si él la extrae de un yunque, Amadís de Gaula, que da nombre al más famoso libro de caballerías, triunfa en la corte del rey Lisuarte allí donde otros han fracasado: logra extraer de su vaina transparente una espada dividida por la mitad en dos colores, blanco y bermejo, con el resultado maravilloso de que «luego lo ardiente fue tan claro como la otra media, assí que toda parescía una». Con ese mismo poderoso resplandor, la mágica Excalibur nos sigue fascinando siglos después.
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