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A unos cincuenta metros bajo las aguas de las costas de Gerona, entre las poblaciones de Palamós y Palafrugell, descansa un barco romano que se hundió hace más de 2.100 años cargado con un centenar de ánforas repletas de salazones de pescado y de garum, la famosa salsa de pescado que los romanos usaban casi a diario en sus comidas.
Cuando naufragó, el barco viajaba desde la Bética, en el sur de Hispania, posiblemente hacia algún puerto del sur de Francia, y su buen estado de conservación está revelando detalles de suma importancia acerca del comercio en el Mediterráneo durante el siglo I a.C.
Recientemente, en el marco del proyecto arqueológico «El pecio Illes Formigues II y el comercio de productos béticos en el nordeste peninsular», liderado por el Centro de Arqueología Subacuática de Cataluña (CASC) y la unidad de búsqueda del Museo de Arqueología de Cataluña (MAC), un equipo de arqueólogos subacuáticos ha excavado la popa del pecio, que los investigadores bautizaron como Illes Formigues II por el lugar donde fue descubierto.
Durante la campaña, los arqueólogos han logrado sacar a la superficie 34 ánforas de tres tipologías distintas (Dressel 7, 10 y 12), de las que intentarán averiguar su origen exacto. Según explica Guillem Mauri, uno de los directores del proyecto, «ya sabemos que provienen de la Bética, pero lo que queremos es saber exactamente en qué horno en concreto se cocieron». Además de las ánforas, los arqueólogos han recuperado también elementos de la bomba de achique del barco, como un eje y un cojinete de bronce, además de la caja de madera donde se recogía el agua.
Únicas en el Mediterráneo
Pero sobre todo los arqueólogos han quedado muy sorprendidos al descubrir que tres de las maderas que conforman la sentina (bodega) del pecio tienen una serie de marcas numéricas, algo inédito hasta la fecha: DV (505), DVI (506) y VI (6). En opinión de los investigadores, estas marcas podrían indicar el orden en el que iban colocadas las tablas de madera en la bodega del navío.
Los arqueólogos han quedado muy sorprendidos al descubrir que tres de las maderas de la sentina del pecio tienen marcas numéricas.

Madera del suelo de la sentina en cuya parte inferior derecha puede leerse la marca DV (505).
Madera del suelo de la sentina en cuya parte inferior derecha puede leerse la marca DV (505).
Museo de Arqueología de Cataluña

Un arqueólogo analiza la madera que forma parte de la caja de madera donde se recogía el agua achicada.
Un arqueólogo analiza la madera que forma parte de la caja de madera donde se recogía el agua achicada.
Museo de Arqueología de Cataluña
En efecto, Rut Geli, otra de las directoras de la excavación y responsable del CASC, lo explica de este modo: «En las maderas que conforman el suelo de la bodega del barco, donde iban estibadas las ánforas, se han localizado una serie de marcas numerales pintadas, que podrían ser referencias al número de orden de estas piezas. Posiblemente sirvieron para facilitar su retirada cuando fuera necesario para el mantenimiento de la sentina y su posterior recolocación. Este descubrimiento no tiene paralelo alguno con ningún otro barco antiguo localizado en el Mediterráneo».
De confirmarse esta hipótesis, esto significaría que lo que se hace hoy en día en la moderna navegación ya lo hacían los romanos hace dos mil años, algo que, como han indicado los arqueólogos, les llena de «emoción». De momento, las tres maderas del Illes Formigues II aún siguen bajo el mar porque no han podido ser excavadas totalmente, aunque sí han podido izarse otras once que también formaban parte del pañol (las maderas que recubrían el fuselaje) y que ahora se preservan en el laboratorio del CASC.
