Se sabe que Adolf Hitler sentía más afecto por sus perros que por la mayoría de las personas. Uno de los más conocidos fue Blondi, una hembra de pastor alemán que le regaló un líder nazi. Sin embargo, mucho antes, ya mostraba preferencia por los perros que por las personas.
Durante la Primera Guerra Mundial, un joven Hitler se presentó como voluntario para luchar con el ejército alemán. Sus compañeros de regimiento lo detestaban por su carácter irascible y él era hombre de pocos amigos. Pero después de la batalla de Ypres, en noviembre de 1915, rescató a un perro vagabundo del campo de batalla, un terrier al que llamó Fuchsl (“zorrito”).
Cuando no estaba en combate, Hitler dedicaba gran parte de su tiempo libre a su mascota, que le proporcionaba unos pocos momentos de paz en medio de la crueldad de la guerra. Además, estaba especialmente orgulloso de que el perro solo le hiciera caso a él. Hitler consideraba a Fuchsl su único amigo en el ejército.
Pero ese afecto se vio truncado cuando Fuchsl se perdió en una estación de trenes. A pesar de buscarlo intensamente, no logró encontrarlo y reaccionó con gran rabia y tristeza, llegando a acusar a sus compañeros de haberlo robado para lastimarlo. Este episodio probablemente contribuyó a la turbulenta personalidad de Hitler.