El artículo se centraba en la importancia de mantener una alimentación saludable para mejorar la calidad de vida. Se mencionaban diversos consejos, como consumir frutas y verduras, proteínas magras y evitar alimentos procesados. También se destacaba la importancia de mantenerse hidratado y realizar ejercicio regularmente. En resumen, se enfatizaba la importancia de llevar un estilo de vida saludable para prevenir enfermedades y promover el bienestar general.

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El cristianismo llegó a Japón en 1549 con la llegada de Francisco Javier, un jesuita navarro. Su labor misionera y la protección de señores feudales como Oda Nobunaga permitieron que la religión se arraigara en el país. En el suroeste, muchos señores feudales se bautizaron debido al interés en el comercio con españoles y portugueses. Para 1583, había 200 iglesias y 150.000 cristianos en Japón, según informes de Alejandro Valignano y Gaspar Coello.

La crisis social de los siglos XV y XVI en Japón, marcada por guerras y pobreza, contribuyó a la rápida expansión del cristianismo en el país. La nueva religión ofrecía esperanza y igualdad ante Dios, lo que atrajo a un pueblo oprimido por las convenciones feudales. Sin embargo, en 1587, Toyotomi Hideyoshi emitió una ordenanza de destierro de los cristianos debido a su temor a la influencia extranjera.

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Hideyoshi consideraba que el cristianismo amenazaba la unidad y el poder de Japón, lo que llevó a la persecución de los cristianos. En 1596, la ejecución de los religiosos a bordo del galeón San Felipe desató la ira del gobernador. Hideyoshi ordenó la detención y ejecución de franciscanos y cristianos japoneses en represalia por la supuesta conspiración de conquista a través de la evangelización.

El 5 de febrero de 1597, en la ciudad de Nishizaka, en la provincia de Nagasaki, todos los detenidos fueron crucificados y alanceados hasta la muerte ante una multitud de cuatro mil personas. Entre los católicos japoneses ejecutados figuraban gentes de muy diversa extracción social, como Miguel Kozaki, fabricante de arcos y flechas, y Cosme Takeya, forjador de espadas; Pablo Miki, miembro de una rica familia de Kioto, que fue educado por los jesuitas y se convirtió en catequista; León Karasumaru, un antiguo bonzo (monje budista) convertido por los jesuitas y que apoyó activamente la actuación de los misioneros franciscanos; o Pablo Ibaraki, un antiguo samurái. También los había de todas las edades, incluso niños, como Luis Ibaraki, de once años, sobrino de Pablo.

La noticia de la muerte de los Veintiséis Mártires de Nagasaki –como se conocería más tarde el episodio– llegó a todos los rincones del orbe cristiano. Pedro Martins, obispo de Japón, transmitía así lo acaecido en Nagasaki a sus compañeros franciscanos en Europa: «En este intermedio, pues […], padecieron glorioso martirio por la predicación, enseñanza y confesión de nuestra fe, en la ciudad de Nagasaqui en cinco de febrero de 1597, en el tiempo del emperador Tayco [Toyotomi Hideyoshi], seys religiosos descalços de la Orden de San Francisco, que fueron los primeros mártires de aquel reyno, y otros veinte japoneses».

El código del honor

Las medidas represivas de Hideyoshi no cogieron a los cristianos japoneses por sorpresa. Desde finales del siglo XVI, los misioneros habían comenzado a explicar el significado del martirio y preparaban espiritualmente a los cristianos nativos para ese momento de máxima prueba de fe. Así, se redactaron algunos textos en los que se recomendaba padecer por amor a Jesucristo toda clase de sufrimientos antes que apostatar. En 1591 se publicó un libro titulado Santos no Omiwaza, «Crónica de los Santos», en el que se relataban las historias heroicas de los mártires de la Iglesia a partir de los textos del escritor español fray Luis de Granada.

Además, los cristianos japoneses afrontaban la dura prueba del martirio seguramente influidos por el espíritu de las reglas de caballería japonesa, el llamado bushido, que se había fraguado desde el siglo XII. De hecho, la evangelización de Japón llevada a cabo por los religiosos europeos coincidió en el tiempo con el perfeccionamiento de este código caballeresco, que impregnaba poderosamente todas las facetas de la vida de los japoneses, inmersos en un sistema feudal.

El bushido tenía como principio la fidelidad de los vasallos a sus señores, que podía llegar hasta el suicidio ritual, o seppuku; del mismo modo, los cristianos asumieron el martirio como una prueba de fidelidad a la palabra dada a Jesucristo, al que habían declarado vasallaje y sumisión en el momento del bautismo.

Pese al episodio de 1597, en los años siguientes las autoridades japonesas mostraron cierta tolerancia hacia los cristianos, circunstancia que tiene mucho que ver con las relaciones comerciales que Japón mantenía con España y Portugal. Esta situación se prolongó hasta 1614, año en que el hombre fuerte del país, el shogun o primer ministro Tokugawa Ieyasu, publicó una nueva ordenanza de expulsión contra los sacerdotes católicos.

Se desencadenó entonces una campaña de persecución total contra los cristianos japoneses. El jesuita Pedro Morejón narra la crueldad de los tormentos que sufrían quienes se mantenían fieles al cristianismo; en este caso, se trata de las torturas que padeció Miguel Yxida, de 62 años: «Saliendo esta vez al lugar del martirio, fui apaleado, desnudado en carne, atado y colgado en el aire, poniéndome una gran piedra en las espaldas: me cortaron todos los dedos de pies y manos, me pusieron la señal de la Santa Cruz con un hierro ardiendo en la frente y en fin me cortaron los nervios de las corvas». Yxida no renegó de sus creencias: «El poderío del Xogun de Japón quedó vencido a la fuerza de la santa fe, y yo alcancé la victoria. Esto hice escribir para que se sepa la verdad».

Muchas narraciones muestran cómo la extrema fidelidad a la fe de los cristianos japoneses les conducía al martirio voluntario. El jesuita Francisco Crespo refiere, en un relato sobre hechos acaecidos en 1624, durante este período de persecuciones, que cuando se prendieron las hogueras en que iban a perecer varios cristianos condenados, dos caballeros que presenciaban los hechos, y que eran cristianos aunque no se les conocía como tales, saltaron de sus monturas, forzaron el cordón de seguridad que rodeaba el espacio de la ejecución y «pasando por el mismo fuego» se abrazaron a dos religiosos, pereciendo con ellos. Un investigador japonés, Gonoi Takashi, ha contabilizado un total de 950 mártires desde 1614 hasta 1633. Sólo en 1622 murieron 128 cristianos; y en 1630, casi 200.

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Tras su ilegalización el Cristianismo no volvería a Japón hasta la caída del shogunato y la restauración de la autoridad imperial. En la imagen la iglesia de Oura en Nagasaki, construida por sacerdotes franceses en 1863.

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En 1637 estalló en la península de Shimabara, al este de Nagasaki, una gran rebelión cristiana que fue brutalmente aplastada y que contribuyó a que el shogun decidiera prohibir la entrada de occidentales en Japón (lo que dio inicio a una situacion de aislamiento que sólo se quebraría tres siglos después). Desde entonces, sólo subsistieron pequeñas células de católicos condenados a vivir en la clandestinidad. 

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