A finales de noviembre de 1908, el famoso egiptólogo británico sir William Flinders Petrie llegó a Luxor, en el Alto Egipto, para excavar en la necrópolis tebana de Gurna. Finalmente, el 30 de diciembre, tras varias semanas de infructuoso trabajo, el equipo dio, en una fosa poco profunda, con lo que parecía un «entierro de la dinastía XVII (1580-1550 a.C.) intacto en el valle», al pie de un promontorio conocido como el-Khor.
La fosa contenía el enterramiento inalterado de una mujer y de un niño colocados en dos ataúdes de madera. El más grande, antropomorfo y de un tamaño excepcional, estaba decorado con pan de oro, y finos dibujos de plumas azules (siguiendo un patrón decorativo que se conoce como rishi) recubrían toda su superficie. En su interior se hallaron los restos de una mujer de aproximadamente 1,50 m de estatura, que debía de tener unos 20 años en el momento de su muerte.
A los pies de este gran sarcófago se dispuso una caja pequeña, sin decorar, que contenía los restos de un niño de unos dos o tres años del cual no se pudo determinar el sexo, así como tampoco su parentesco con la mujer, aunque es muy posible que dadas las circunstancias del entierro se tratase de su hijo.
un lujoso entierro
Pero ¿quiénes eran estas personas? Por desgracia los arqueólogos no encontraron en ninguno de los dos ataúdes inscripciones con los nombres ni de la mujer ni del niño. Aunque en el ataúd de la mujer sí que había, estampada en yeso, una oración funeraria que decía lo siguiente: «Una ofrenda que el rey da a Osiris, señor de Djedu, una ofrenda de pan y cerveza, aves y bueyes, para el espíritu de…», y precisamente aquí, donde debería aparecer el nombre de la difunta, el yeso había saltado hacía mucho tiempo, dejando a Petrie con las ganas de conocer el nombre de la propietaria de la sepultura.
Pero algo que sí quedó claro a los descubridores es el alto estatus que, a la vista estaba, ocupó esta mujer en la sociedad de su tiempo. De ello era prueba fehaciente el magnífico ajuar funerario, de gran riqueza, con el que había sido enterrada. Su momia lucía un grueso collar (uno de los primeros ejemplos de este tipo documentados en Egipto), pendientes muy elaborados y cuatro pulseras, todo de oro. Asimismo vestía una faja hecha con cuentas de electro y llevaba un escarabeo atado al dedo medio de su mano izquierda. El oro era de una gran pureza, lo que parece indicar que procedía de Nubia, al sur de Egipto.
La momia de la mujer lucía un grueso collar (uno de los primeros ejemplos de este tipo documentados en Egipto), pendientes muy elaborados y cuatro pulseras, todo de oro.


Joyas que portaba la misteriosa mujer enterrada en la necrópolis tebana de Gurna. Museo Nacional de Escocia, Edimburgo.
Joyas que portaba la misteriosa mujer enterrada en la necrópolis tebana de Gurna. Museo Nacional de Escocia, Edimburgo.
PD
Por su parte, el niño también había sido enterrado con algunas joyas, alrededor de la cintura y de los tobillos. Estaban hechas con cuentas de esmalte y de electro y llevaba dos pendientes de oro. Asimismo lucía tres pulseras de marfil, lo que indicaría la procedencia africana de estas piezas.


Brazaletes de marfil que lucía el niño enterrado a los pies de la mujer en el enterramiento anónimo de Gurna. Museo Nacional de Escocia, Edimburgo.
Brazaletes de marfil que lucía el niño enterrado a los pies de la mujer en el enterramiento anónimo de Gurna. Museo Nacional de Escocia, Edimburgo.
PD
Aunque no fueron estos los únicos objetos que acompañaron a estas personas desconocidas al más allá. El ajuar funerario también estaba compuesto por elementos de prestigio, como vasos de cerámica fina originarios de Nubia (del tipo conocido como Kerma), colocados dentro de bolsas de malla; también se localizó un flagelo ceremonial hecho con cuentas de esmalte azul, frutos de palmera, dátiles y uvas. Todo estos elementos relacionados con la lejana Nubia, en el sur, parecían indicar una relación estrecha de estas personas con la cultura funeraria de aquel país.
¿quiénes eran?
En cuanto al análisis de los cuerpos allí enterrados, el propio Flinders Petrie, que a su regreso a Inglaterra describió y publicó el hallazgo, que él mismo describió como «el enterramiento intacto más rico y detallado que haya sido completamente identificado y publicado», ya apuntó que la forma del cráneo de la mujer no le parecía típicamente egipcia. ¿Tenía razón el famoso egiptólogo?
Los estudios recientes practicados a los restos para intentar esclarecer el origen étnico de estas personas tampoco han resultado concluyentes, así que es muy difícil afirmar si esta mujer (que al parecer era zurda) era nubia o egipcia. Aunque los análisis por isótopos de carbono y nitrógeno realizados a su dentadura (que mostraba signos de caries, algo poco habitual en el antiguo Egipto) sí han revelado algo interesante. Al parecer, su alimentación no era típicamente egipcia, sino que en ella se incluyeron alimentos característicos tanto de Nubia como de Egipto. ¿Se trataba tal vez de una princesa nubia ofrecida como esposa al rey de Tebas?
Al parecer, según los análisis, la alimentación de la mujer no era típicamente egipcia, sino que en ella se incluyeron alimentos característicos tanto de Nubia como de Egipto.
