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Abel G.M.
Periodista especializado en historia, paleontología y mascotas
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En la década de 1960, Francia y el Reino Unido se pusieron de acuerdo para trabajar conjuntamente en el desarrollo de un avión supersónico. Así nació el proyecto de un avión al que se nombró, simbólicamente, con un nombre que simbolizaba este acuerdo: Concorde, “concordia”.
Sin embargo, el nombre no resultó para nada auspicioso. Los dos equipos que participaban en el proyecto, uno francés y el otro británico, parecían no ponerse de acuerdo en nada: tenían maneras distintas de trabajar y cada uno utilizaba su propio sistema métrico, lo cual ralentizaba sobremanera el trabajo.
Por no ponerse de acuerdo, incluso la grafía del nombre era motivo de discusión: los franceses lo denominaban Concorde y los ingleses Concord. Finalmente la grafía francesa fue la definitiva, aunque la prensa inglesa se empeñó en seguir llamándolo Concord.
Esta tendencia se mantuvo hasta la presentación de los dos prototipos finales: el 001, construido en Francia, y el 002, en Inglaterra. Ambos realizaron sendos vuelos de prueba y fueron pilotados, respectivamente, por un francés y por un inglés. El avión tuvo éxito, pero su nombre sin duda no resultó una buena elección.
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