La alimentación en la antigua Roma era diversa y variada, desde las clases altas hasta las bajas, pero con ingredientes que hoy nos resultarían extraños o incluso repulsivos. Un ejemplo es el garum, una salsa hecha a base de vísceras de pescado fermentadas que los romanos adoraban y utilizaban para condimentar sus platos. Este condimento era tan esencial para ellos como lo es el aceite para nosotros en la actualidad.
Los banquetes de los aristócratas romanos eran ostentosos y a menudo presentaban platos que nos resultarían extraños en la actualidad, como los erizos rellenos considerados una delicatessen, o los genitales, a los que se les atribuían propiedades medicinales. Se creía que si una pareja tenía dificultades para concebir, el hombre debía consumir testículos de buey machacados para aumentar sus posibilidades.
En contraste, el pueblo llano se conformaba con alimentos más simples pero de sabor cuestionable. Por ejemplo, la posca, una mezcla de vinagre y agua, era una de las bebidas más populares por sus propiedades antibacterianas, aunque no debía ser muy agradable al paladar. Incluso el vino, al no contar con conservantes naturales, se mezclaba con plantas y miel para aprovecharlo antes de que se agriara.