Antípatro de Sidón, en el siglo II a.C., describió en un poema las maravillas de su época, incluyendo el muro de Babilonia, la estatua de Zeus en Olimpia, el Coloso de Rodas, las pirámides de Gizeh, el Mausoleo de Halicarnaso y el Artemision de Éfeso. Esta lista se convirtió en un mito que trascendió los siglos y fue tema de discusión y admiración en la época romana, inspirando a artistas del Renacimiento.
La fascinación por las Siete Maravillas se debe a su número simbólico y a la diversidad de obras incluidas, como estatuas, tumbas, jardines, atalayas y templos. Estas maravillas se asociaron con la grandeza de las civilizaciones que las crearon y se convirtieron en símbolos de desmesura y lujo. A lo largo de la historia, diferentes autores han discutido y elogiado estas obras, influyendo en la imaginación de generaciones posteriores.
La construcción de las Siete Maravillas fue un logro de los mejores artistas de cada época, como Fidias, creador de la estatua de Zeus, y los maestros que trabajaron en el Mausoleo de Halicarnaso. Sin embargo, la mayoría de estas obras se han perdido o han sufrido daños a lo largo del tiempo, como el Coloso de Rodas, destruido por un terremoto, o el Faro de Alejandría, sumergido bajo el mar. A pesar de esto, la fama de las Siete Maravillas perdura, recordando la ambición y el amor que inspiraron su creación.
La búsqueda de las Siete Maravillas en la arqueología ha sido un desafío, con hallazgos como los tambores del Artemision de Éfeso y restos del Mausoleo de Halicarnaso. A pesar de las dificultades y las pérdidas, los arqueólogos han logrado rescatar huellas de estos monumentos, recordando su esplendor y su importancia en la historia de la humanidad.