Iósif Vissariónovich Dzhugashvili (1878-1953), conocido como Stalin, fue el líder de la Unión Soviética por casi treinta años, desde 1924 hasta 1953.
Tras su muerte, se inició un breve período de críticas a su legado por su sucesor, Nikita Jruschov, principalmente sobre el culto al líder y las purgas. Estas críticas resurgieron en la época de Mijaíl Gorbachov, y posteriormente, con Borís Yeltsin, los historiadores accedieron a más archivos, lo que llevó a una crítica generalizada al período estalinista. Actualmente, un 51% de los rusos valora positivamente a Stalin.
Stalin dejó una profunda huella en la Unión Soviética y en Rusia hasta el día de hoy. Sin embargo, su régimen se sostuvo y se puede entender su fenómeno a través de su personalidad compleja, que va más allá de ser descrito como un monstruo.
Una personalidad compleja
Los estudios sobre Stalin se han centrado en su carácter monstruoso, pero en las últimas décadas, muchos especialistas rechazan esta teoría por ser reduccionista. Stalin fue una persona forjada en el resentimiento y con influencias del nacionalismo ruso y la Iglesia Ortodoxa. Su modelo de gestión del poder se asemeja más al zar Iván el Terrible que a Karl Marx.
Salvaguardar un régimen
Cuando Stalin llegó al poder, la URSS era un país atrasado, pero al final de su mandato se convirtió en una potencia mundial. A pesar de los altos costos, Stalin justificaba su represión con la revolución. Dirigía un estado poderoso pero débil internamente, lo que lo llevó a tomar decisiones basadas en el miedo.
Herencias complejas
El estalinismo arraigó en la tradición rusa del poder fuerte y adoptó un despotismo asiático. La psicología del estalinismo se basó en la prohibición, el culto al líder y la concentración de poder en una sola persona. La burocracia y la propaganda jugaron un papel crucial en exaltar las virtudes de Stalin.
En resumen, Stalin dejó un legado complejo que perdura en la historia de Rusia y la antigua Unión Soviética.