Es curioso que, tras perseguirlo, el Imperio Romano elevara el cristianismo a religión oficial y persiguiera las que antes había aceptado.
Para Constantino el Grande, esta religión era una experiencia de integración útil en un imperio diverso que necesitaba cohesión.
Desde los primeros emperadores romanos, la preocupación por la cohesión era evidente. El cristianismo les permitía negar otras deidades, siendo una ventaja.
Inicialmente se toleraron otras creencias, pero esta tolerancia desapareció pronto y los «paganos» sufrieron la misma suerte que los cristianos. Una integración forzosa a la romana.