TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST
Desde que en 1619 llegaron entre 20 y 30 africanos al asentamiento de Jamestown, en la colonia de Virginia, la esclavitud se convirtió en parte intrínseca del devenir de las trece colonias inglesas de Norteamérica.
Tanto que, cuando estalló la Revolución americana en 1775 y Estados Unidos se convirtió en un país independiente, el sistema esclavista fue legalizado en todo su territorio.
La Constitución, ratificada en 1787, declaró que los estados serían representados en el Congreso según el número de personas que los habitaran.
Mientras un blanco equivalía a una persona, un negro era considerado como tres quintas partes de persona, lo que rompía la igualdad entre las dos razas en términos legales y económicos, y convertía a los esclavizados en propiedades de los amos.
La economía esclavista
Fue sobre todo en los estados del Sur donde la agricultura se volvió totalmente dependiente de la mano de obra esclava. Allí, junto a una mayoría de pequeños terratenientes y granjeros que tenían dos o tres siervos, se desarrollaron grandes plantaciones en las que trabajaban decenas o cientos de esclavos.
En la época colonial muchas se dedicaron al cultivo del tabaco y, con posterioridad, del azúcar, pero el sector del algodón se hizo dominante desde finales del siglo XVIII, tras la invención de la desmotadora, una máquina que permitía procesar y separar de manera rápida las fibras de esta planta de las semillas y la suciedad.
Ello obligó a la importación sistemática de africanos; cuando a principios del siglo XIX se abolió ese comercio, lo sustituyó la compraventa interna. En 1863, cuando Lincoln proclamó la emancipación, Estados Unidos tenía más de tres millones de afroamericanos esclavizados.
Una particularidad de los esclavos negros en Estados Unidos, en comparación con los del resto de América, reside en los testimonios de sus vivencias que dejaron por escrito.
Entre los numerosos textos autobiográficos escritos por ellos mismos sin la ayuda de amanuenses blancos destacan dos: Narración de la vida de un esclavo norteamericano, escrita por él mismo (1845), de Frederick Douglass, y Peripecias en la vida de una joven esclava, escritas por ella misma (1861), de Harriet A. Jacobs.
En ambos se desgrana la dura existencia de una población que, paradójicamente, vivía en una república basada en la igualdad de los seres humanos dentro del derecho constitucional.
Vigilancia y castigos
La vida de los esclavos estaba regida por un sistema de vigilancia que hacía que cualquier acto que contraviniese las reglas del amo fuera castigado por el plantador o por sus capataces. Harriet A. Jacobs habla de un plantador vecino de su amo, «un hombre sin modales y sin ninguna educación, pero muy acaudalado»*, que para controlar a sus 600 esclavos, «a muchos de los cuales ni tan siquiera conocía», contaba con capataces bien remunerados.
Ni éstos ni su amo dudaban en usar los métodos más drásticos para mantener el orden. «Varios eran los castigos a los que podía recurrir. Uno de sus preferidos era atar una cuerda alrededor del cuerpo de la víctima y suspenderla en el aire. Se le pasaba una antorcha encendida por encima, de la que colgaba un trozo de tocino de cerdo.
Mientras éste se iba cocinando, iban cayendo gotas de grasa ardiendo sobre la carne desnuda del torturado […]. Si un esclavo le robaba, aunque fuese sólo una libra de carne o un celemín de maíz, y lo pillaba, lo hacía encadenar y meter en el calabozo hasta que lo veía completamente acobardado por el hambre y la adversidad».
Quien presentara resistencia se exponía a un castigo mayor: «Cuando un esclavo ofrecía resistencia a ser azotado, [el amo] hacía que desataran a los perros y que se los echasen encima para que desgarrasen la carne de sus huesos a dentelladas.
El amo que hacía esto era un hombre extraordinariamente refinado, al que se tenía por un perfecto caballero, y él mismo se jactaba de ser buen cristiano, si bien Satanás no ha tenido jamás mejor discípulo». Todo ello se realizaba con una total impunidad: «Tanta era la protección que le deparaban sus riquezas que nunca había tenido que rendir cuentas por sus crímenes, ni siquiera por los asesinatos».
Sadismo cotidiano
La administración de castigos y los actos de crueldad no estaban restringidos a los amos; sus esposas también participaban en esos hechos. Frederick Douglass cuenta el caso de la esposa del plantador Giles Hicks, quien «asesinó a la prima de mi mujer, una muchacha de unos quince o dieciséis años de edad […].
Una noche la pusieron a cuidar del bebé de la señora Hicks, pero se durmió y la criatura se puso a llorar. Como ella no había podido dormir las noches anteriores, no oyó los lloros, que despertaron a la señora Hicks y ésta, al darse cuenta de la lentitud en reaccionar de la joven, saltó de la cama, cogió un palo de madera de roble de la chimenea, y del golpe con el que le atizó le rompió a la joven la nariz y el esternón, con lo que la mató […]. Se dictó una orden de arresto, pero jamás se hizo efectiva».
Por su parte, Jacobs refiere que su ama «no tenía espíritu para supervisar los asuntos domésticos, pero sí temple para estar sentada en el sillón y contemplar cómo azotaban a una esclava hasta que le chorrease
la sangre por los latigazos. Era miembro de la iglesia, pero el participar de la Eucaristía no parecía hacerla más cristiana.
Si a la hora exacta que ella quería no estaba servida la comida del domingo, entraba en la cocina, esperaba hasta que los platos estuviesen llenos y entonces escupía en todas las ollas y sartenes que se habían utilizado para cocinar.
La cocinera y sus hijos no podían aprovechar las sobras de la salsa y otros restos como propia comida debido a las restricciones impuestas por el amo.
Separación y explotación sexual
Entre las peores situaciones que enfrentaban los esclavos estaban los castigos físicos y la separación forzosa de los familiares, como en el caso de una madre que fue separada de sus siete hijos en una subasta.
La explotación sexual también era una realidad deshumanizadora para las esclavas, quienes sufrían abusos por parte de los amos, y para las esposas de los plantadores, quienes no veían con malos ojos que sus maridos tuvieran hijos con esclavas.
Los hijos de los propietarios blancos también eran afectados por este ambiente inmoral, y desde jóvenes presenciaban situaciones de abuso y explotación.
Además, las esclavas eran utilizadas como máquinas reproductoras para obtener nuevos esclavos, lo que demostraba la falta de valor que se les daba como seres humanos.
Niños desnudos y sin escuela
En cuanto a la comida y la ropa, los esclavos sufrían racionamientos y recibían asignaciones mínimas que apenas les permitían sobrevivir. Los niños esclavos comían gachas en un comedero colectivo, donde los más fuertes se llevaban la mayor parte.
En cuanto a la vestimenta, la asignación anual era escasa y se daba preferencia a las madres o ancianas que cuidaban a los niños esclavos.
Los niños que aún no estaban en condiciones de trabajar en el campo no tenían derecho a zapatos, calcetines, chaquetas ni pantalones. Se les asignaban dos camisas de lino burdo al año, y cuando estas se rompían, estaban desnudos hasta el próximo reparto. Durante todas las estaciones del año, se podía ver a niños de siete a diez años, de ambos sexos, casi desnudos.
Autores destacan la exclusión de la educación como otra forma de opresión para los esclavos. En algunos estados, los blancos eran multados por enseñar a leer y escribir a los esclavos. Douglass resalta la importancia de la educación como primer paso hacia la libertad, a pesar de las prohibiciones y restricciones impuestas por los dueños.
A pesar de la opresión en todos los aspectos de la vida de los esclavos, estos encontraron formas de resistir. La huida y los alzamientos eran excepcionales, por lo que se recurría a protestas silenciosas como fingir enfermedades o sabotear herramientas. También desarrollaron una cultura propia a través de la religión, las fiestas, la música y la oralidad, fusionando elementos africanos con el cristianismo protestante.
Jacobs menciona las fiestas como parte importante de la vida de los esclavos, como la celebración de Navidad con el desfile de los Johnkannaus. A pesar de las prohibiciones y represiones, los esclavos encontraban formas de mantener su cultura y resistir la opresión.
Aunque ha tardado mucho tiempo en reconocerse, la historia de los esclavos es fundamental para comprender las raíces de la discriminación racial en los Estados Unidos. Ignorar esta historia solo lleva a repetir los errores del pasado, como señalaba el filósofo George Santayana.
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