Los monumentos de la Antigua Grecia, como el Partenón griego, escondían un secreto que costó siglos descifrar: estaban pintados con vivos colores. Tonos de azul, amarillo, rojo o naranja adornaban los muros, revelando la posibilidad de representar escenas como el nacimiento de Atenea. Fragmentos de pintura conservados fueron clave para descubrir esta realidad.