TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST
En el otoño del año 1889, algo extraordinario se extendió a lo largo del continente norteamericano. Historias extrañas empezaron a correr de pueblo en pueblo: historias sobre seres queridos que volvían a la vida y tierras yermas que recuperaban su verdor; historias de abundancia y felicidad que llenaron de esperanza los corazones de las tribus nativas americanas.
En el oeste, la sequía había arrasado los campos, apenas quedaban bisontes, y los nativos malvivían en reservas levantadas sobre suelo pobre y árido. La sombra alargada del hambre sobrevolaba sus cabezas, amenazante. Por eso, cuando aquellas historias de bonanza se propagaron, los nativos las abrazaron con ilusión, y empezaron a bailar.
Bailaron desde el suroeste hasta más allá de la frontera con Canadá; bailaron desde la cordillera de Sierra Nevada, en California, hasta Oklahoma, en el centro de Norteamérica; bailaron en Utah, en Idaho, en Arizona, durante noches enteras, ondeando abanicos hechos de plumas de águila y entonando cánticos que resonaban en los valles.
Los bailarines entraban en un trance que los transportaba al más allá, y allí se reencontraban con sus ancestros, que vivían la vida libre y plena que el hombre blanco les había arrebatado. Este fenómeno fue conocido como la Danza de los Espíritus, y parecía imparable; tanto, que el gobierno estadounidense empezó a mirarla con desconfianza.
Las autoridades no entendían qué estaba pasando, pero lo interpretaron como una amenaza y decidieron tomar medidas. El primer paso era arrestar a todos los líderes destacados de las tribus nativas americanas para evitar que se sumasen al movimiento y provocasen una revuelta mayor. Toro Sentado era uno de ellos.
Cuando nació Toro Sentado, en 1831, los nativos llevaban más de tres siglos luchando contra los colonizadores europeos que, poco a poco, se fueron adueñando del continente americano. A principios del siglo XIX, la población indígena ya había perdido gran parte de su territorio en Norteamérica.
La Ley de Traslado Forzoso de los Indios del Presidente Andrew Jackson, aprobada en 1831, les puso las cosas aún más difíciles. Esta ley ofrecía a los nativos parcelas de tierra al oeste del río Mississippi a cambio de que ellos cediesen las que habían ocupado y cultivado durante siglos en Georgia, Tennessee, Alabama, Carolina del Norte y Florida.
Aunque en teoría el traslado era voluntario, unas sesenta mil personas fueron desplazadas por la fuerza a tierras que no conocían. La Ley de Traslado Forzoso de los Indios estaba diseñada para favorecer a los colonos blancos, que llevaban décadas acosando a los nativos, y que querían apropiarse de las tierras del sur para hacer fortuna con el cultivo de algodón.
Incapaces de hacer frente a la presión, los nativos emigraron al oeste para dejar sitio a los blancos, que llenaron el sur de campos de algodón explotados con esclavos. El éxodo de estas tribus duró unos veinte años, y pasó a la historia como el Sendero de Lágrimas. Años después, Toro Sentado lucharía con todas sus fuerzas para evitar que su gente sufriese el mismo destino.
Toro Sentado nació en el territorio que hoy es Dakota del Sur, y pertenecía a la tribu de los Hunkpapa Lakota -una rama de los Sioux-. Su padre era un guerrero muy admirado que le dio su primer nombre: Tejón Saltarín. A los diez años cazó su primer bisonte, y a los catorce se estrenó en el campo de batalla contra una tribu rival.
Su valor y destreza en combate le valieron el nombre con el que pasaría a la historia: Tatanka Iyotake, “Toro Sentado”, porque era robusto y testarudo como un bisonte sentado. Más tarde se unió a la sociedad Strong Heart (“Corazón Fuerte”), un selecto grupo de guerreros, y a los Silent Eaters (“Comedores Silenciosos”), una organización que trabajaba por el bienestar de la tribu. A pesar de su juventud, Toro Sentado era un buen guía y ejemplo para su gente. Su leyenda comenzaba a escribirse.
Toro Sentado se enfrentó al ejército estadounidense por primera vez en junio de 1863 y lo hizo para defenderse de un ataque que no merecía. Un año antes, colonos ingleses habían invadido el territorio de la tribu de los Santee Sioux en el valle de Minnesota.
La tribu fue desplazada y confinada en reservas donde era maltratada por las autoridades. Los agentes federales que en teoría velaban por el bienestar de los nativos eran corruptos, hasta el punto de que estuvieron a punto de matarlos de hambre porque se negaban a darles los alimentos que el estado les enviaba si no era a cambio de dinero.
Esta situación puso a los Santee Sioux al límite, y un día no pudieron más: atacaron a los colonos y secuestraron a varias mujeres. La revuelta se saldó con una batalla en la que los nativos mataron a trece soldados norteamericanos e hirieron a otros cuarenta y siete.
Como represalia, el ejército atacó a varias tribus que no habían tenido nada que ver en el levantamiento, entre ellas los Lakota. A pesar de la ferocidad de los enfrentamientos, Toro Sentado sabía mantener la calma ante el peligro. Una de sus anécdotas más conocidas cuenta que una vez, caminó hasta el terreno abierto entre las líneas de combate y se fumó una pipa tranquilamente antes de volver a ponerse a salvo.
Toro Sentado volvió a ser testigo de la fuerza del ejército en la batalla de Killdeer Mountain, en 1864. En este episodio, las tropas del general Alfred Sully rodearon a un poblado nativo; el desequilibrio era tan grande que los sioux no tuvieron más remedio que retirarse.
Durante los años siguientes, la tensión fue constante porque el ejército invadía el territorio de caza de los nativos y los abocaba al hambre y la ruina. Estos enfrentamientos sirvieron para reforzar la determinación de Toro Sentado: se prometió a sí mismo que nunca firmaría un acuerdo que obligase a su gente a vivir confinada en una reserva. Pero no todos los líderes nativos pensaban igual.
En 1868, veinticinco líderes tribales y representantes del gobierno de los Estados Unidos firmaron el Tratado del Fuerte Laramie. Las condiciones del pacto establecían exactamente lo que Toro Sentado no quería: paz a cambio de tierra.

Toro Sentado junto a Buffalo Bill (1885).
Toro Sentado junto a Buffalo Bill (1885).
Cordon Press
Aunque el tratado les concedía territorios en Dakota del Sur, Wyoming y Nebraska, también obligaba a su gente a dejar sus poblados y trasladarse a una Gran Reserva Sioux. Toro Sentado no estaba de acuerdo con la resolución y no confiaba en que la paz duraría, así que se negó a obedecerla.
Esto hizo que ganase muchos apoyos entre los nativos de todas las tribus; tanto, que fue nombrado líder supremo de todas las tribus de los Sioux Lakota, algo que no había conseguido nunca nadie antes.
Las predicciones de Toro Sentado no tardaron en cumplirse. Seis años después de la firma del Tratado del Fuerte Laramie, en 1874, ocurrió algo que cambió las tornas por completo: en las Colinas Negras, un lugar sagrado para los Sioux, se encontróoro.
Estas montañas de Dakota del Sur y Wyoming estaban en territorio Sioux según el propio Tratado del Fuerte Laramie, pero eso poco importó. En cuanto se supo la noticia, la fiebre del oro se propagó sin control, y los colonos enseguida reclamaron la tierra como suya para explotar las minas.
El gobierno de los Estados Unidos renegó del acuerdo y ordenó a los Sioux que abandonasen la zona. Sospechando que se rebelarían contra esta orden, les dio un plazo de dos años para irse y un ultimátum: si el 31 de enero de 1876 no habían desocupado las Colinas Negras, serían perseguidos y considerados enemigos de los Estados Unidos de América.
Toro Sentado respondió a la amenaza del gobierno de la única manera que podía: resistiendo y desafiándolo. Incluso si hubiese querido obedecer, no hubiese sido posible: tenía que trasladar a su poblado entero, a pie, a lo largo de 390 kilómetros, atravesando una zona donde la temperatura podía bajar hasta los 20 grados bajo cero.
La orden del gobierno era, además de inhumana, imposible de cumplir. Las autoridades no tardaron en responder al desafío de Toro Sentado, y enviaron al general George Crook a atacar a los nativos. Entonces, Toro Sentado convocó no solo a las tribus Sioux, sino también a los Cheyenne y a algunos Arapaho, y se prepararon para la guerra.
A sus cuarenta y cinco años, Toro Sentado era un líder venerado, un hombre sagrado para su gente. Su cuerpo ya no estaba para guerrear, pero ejercía de guía espiritual. Antes de la primera batalla, y para fortalecer la confianza de los suyos, Toro Sentado hizo la Danza del Sol, una ceremonia que muchas tribus celebraban cada año para rezar por sus espíritus y por el bien de la comunidad.
Durante el ritual se solían hacer ofrendas de carne… de los propios bailarines. Toro Sentado ofreció cien trozos de carne de sus

