En la sociedad británica del siglo XIX, el matrimonio era crucial para las clases altas, ya que implicaba la continuidad del linaje y la fortuna. Aunque el amor era importante, también se consideraban la conveniencia y la reputación. La búsqueda de pareja estaba regida por estrictas normas sociales, y saltárselas podía dañar la reputación y dificultar futuras oportunidades. La ficción ha retratado este mundo en obras como «Orgullo y prejuicio» y la serie «Los Bridgerton».
Las clases altas veían el matrimonio como una oportunidad de ascenso social, por lo que se organizaban eventos exclusivos para que los solteros de la alta sociedad se conocieran. Aunque preferían matrimonios dentro del mismo rango social, también consideraban a candidatos burgueses con prestigio. Los hijos tenían cierto margen de elección en sus parejas, pero la familia influía en sus decisiones.
Existía una temporada ideal para buscar pareja, donde se concentraba la alta sociedad en Londres. La etiqueta y los modales impecables eran fundamentales, incluso en los bailes donde se conocían posibles pretendientes. Tratarse con formalidad en público y respetar la etiqueta eran clave en el cortejo. Una vez formalizado el compromiso, romperlo implicaba una compensación económica.
El divorcio era posible pero mal visto, y las mujeres se encontraban en una posición vulnerable ya que podían perder su sustento y la tutela de sus hijos en caso de separación. En general, el matrimonio en la sociedad británica del siglo XIX estaba regido por normas rigurosas y costumbres estrictas.