TRANCRIPCIÓN DEL PODCAST
A principios del siglo XIX, España se había convertido, a ojos de muchos extranjeros, en «la tierra clásica de los bandoleros». Los relatos de viajes y la prensa habían popularizado la figura del bandido español de aspecto huraño y apodo inquietante, con su atavío característico y, cómo no, con el trabuco y la navaja al alcance de la mano, siempre al acecho en sus guaridas en los riscos. Turistas en busca de emociones se sentían decepcionados cuando al cruzar Sierra Morena o Despeñaperros nadie los asaltaba.
Se ha dicho a veces que esta imagen era una exageración literaria o un mero tópico. Pero lo cierto es que en esos decenios España vivió una auténtica plaga de bandolerismo. La cantidad de los asaltos y la insolencia con que se ejecutaron lo confirman, al igual que la profusión y dureza de las disposiciones tomadas para contenerlo.
La formación de las cuadrillas
El bandolerismo fue uno de los resultados del empobrecimiento del medio rural a finales del siglo XVIII, que abocó a una parte de su población a buscar sustento fuera de la ley. Las cuadrillas estaban formadas en gran parte por jornaleros agrícolas –hasta un 40 por ciento en alguna zona de Castilla–, a los que se sumaban labradores, artesanos y vendedores ambulantes, así como desertores del ejército y soldados desmovilizados.
La necesidad de buscar sustento les empujaba a la delincuencia. Como decía un informe ministerial de 1786: «Si el jornalero y el artesano aun en los días que trabajen no pueden ganar lo que baste a mantener su persona y familia, ¿cuánto mayor será su necesidad en los muchos días en que no halla en qué ocuparse útilmente aunque lo solicite? […]. Con este desconsuelo están expuestos a caer en una precipitada desesperación».
La bolsa o la vida
Las formas de iniciarse en el bandolerismo fueron variadas. Algunos se situaron al otro lado de la ley de forma ocasional, haciendo que los familiares protegieran su anonimato. Otros se iniciaron con el contrabando y acabaron enrolados en cuadrillas que lo practicaban junto al bandolerismo.
El trato cotidiano que los malhechores mantenían con los campesinos entre sus asaltos les servía no sólo para estar informados y apoyados, sino también para reclutar nuevos compañeros. También los hubo que se pasaron al bandidaje tras cometer un delito que los obligaba a huir de la justicia. Por ejemplo, Anselmo Bermejo abatió en los vedados un ciervo reservado a la mesa del rey, por lo que fue condenado a diez años en el presidio de Puerto Rico.
Durante el traslado logró escapar y dio comienzo a su carrera de forajido, en la que llegaría a encabezar una numerosa cuadrilla que en la década de 1790 fue el terror de toda Castilla, tanto dentro de los pueblos como en lugares despoblados.
La forma más sencilla de bandolerismo era la de salteador de caminos y lugares despoblados y solitarios. Era la más practicada por las pequeñas cuadrillas familiares procedentes de los pueblos que jalonaban las rutas comerciales. Estos bandoleros se acercaban al camino y acechaban enmascarados el paso de carretas, diligencias, arrieros o viajeros solitarios a los que sorprendían al grito de «la bolsa o la vida».
Así actuaron los bandoleros de Zarzuela del Monte (Segovia) la mañana del 8 de mayo de 1804. Tras plantarse ante el carruaje del embajador extraordinario y ministro plenipotenciario portugués en la corte del zar de Rusia, desvalijaron a la comitiva en apenas media hora, sin más violencia que la impresión de los viajeros al verse encañonados. El botín superó los 12.000 reales, e incluyó joyas de oro macizo y la cesta con el desayuno del embajador, que les sirvió para celebrar su éxito.
La forma más extendida de bandolerismo era la de salteadores de caminos, practicada por pequeñas cuadrillas
Los principales caminos ofrecían posibilidades de botín a todas horas, pues el tráfico era abundante. Una muestra de la intensidad que podía alcanzar la actividad bandolera la ofrecen los Siete Niños de Écija, una de las más célebres cuadrillas andaluzas.
En el asalto que los hizo famosos, el 20 de agosto de 1814, detuvieron un convoy en el camino entre Écija y Marchena, y desvalijaron sus carruajes con relativo sosiego.
Durante horas y a plena luz del día saquearon los vehículos mientras mantenían a sus víctimas maniatadas y ocultas en la espesura del monte. Era la misma técnica que había empleado una cuadrilla apostada en la venta nueva del Camino Real a Cartagena el 23 de abril de 1807, con un saldo de más de 200 personas robadas.
El historial criminal de algunos bandoleros podía ser muy largo. A Manuel Antonio Rodríguez, alias El rey de los hombres, y a su cuadrilla se les imputaron más de un centenar de asaltos que sumaron más de 500 víctimas en el entorno de Madrid.
Durante la noche de Reyes de 1793, varios arrieros y transeúntes fueron asaltados en el camino de Alcobendas, resultando en la muerte de algunos de ellos.
Los asaltos se caracterizaban por su violencia e intimidación, aunque las muertes no eran comunes
A pesar de que las muertes causadas por los bandoleros no eran habituales, la violencia y la intimidación eran parte esencial de su actividad y las empleaban de diversas formas durante sus asaltos.
En 1796, Mateo Olmo, José Berros alias Mambrú, Pelayo León y otros veinte compañeros asaltaron los coches de varias personalidades en la Venta del Pozo (cerca de Villodrigo, Palencia), robando todas sus pertenencias y maltratando a las víctimas verbal y físicamente, golpeando a algunas de ellas con sus trabucos.
Los bandoleros también atacaban casas de ricos, curas, monasterios y oficinas de recaudación de impuestos. Sus asaltos solían ser nocturnos, perpetrados por cuadrillas grandes y experimentadas que irrumpían en los pueblos, tomando las calles, disparando intimidatoriamente con sus trabucos y utilizando carros para romper las puertas de las casas que iban a robar, de manera similar a los «alunizajes» de hoy en día.
Algunos de los robos fueron realizados por varias cuadrillas en conjunto, que se coordinaban por carta o a través de colaboradores. En la madrugada del 14 al 15 de abril de 1795, una treintena de bandoleros de diferentes cuadrillas rodearon el pueblo Martín Muñoz de las Posadas (Segovia), tomaron las calles y la iglesia, y se dirigieron a la casa de un hombre adinerado.
Tras abrir a balazos las tres puertas de la casa, el dueño entregó más de 35.000 reales y algunas alhajas. Después del asalto, que duró apenas 45 minutos, se marcharon con total tranquilidad.
Represión sin éxito
Las cuadrillas dedicadas al contrabando, que operaban principalmente en Andalucía y Extremadura, tenían un gran número de miembros, incluso centenares.
En 1781, el Consejo de Castilla describía cómo en las estribaciones de Sierra Morena «solían presentarse en cuadrillas de doscientos, cien, ochenta y cuarenta» y llegaban a ciertas localidades para liberar a sus presos y quemar los procesos en su contra.
Frecuentemente, las autoridades se veían impotentes ante la proliferación de bandoleros. Un forajido expresó su sensación de impunidad de forma provocativa en 1795, cuando le dieron la orden de «Alto en el nombre del rey» en Otero de Bodas (Zamora), y respondió: «¡Yo me cago en el rey! ¡Aquí no hay más rey que nosotros!», para luego disparar y huir.
En 1784, se ordenó a los capitanes generales perseguir a los bandidos, pero pronto se descubrió que el ejército regular no era efectivo para esta tarea y que los bandoleros contaban con apoyo en los pueblos. Por ello, las autoridades recurrieron a patrullas secretas o reclutaban arrepentidos que entregaban vivos o muertos a sus compañeros a cambio de un indulto.
Los resultados de estas tácticas no siempre eran los esperados. En 1793, doce hombres montados y armados se ofrecieron al presidente de la Chancillería de Valladolid para limpiar el territorio de malhechores.
Llegaron a un acuerdo extrajudicial y comenzaron a perseguir bandoleros. Sin embargo, no revelaron toda la verdad sobre ellos y, mientras aparentaban cumplir con su promesa (incluso realizando algunas detenciones menores), seguían cometiendo robos e introduciendo contrabando.
Muerte del bandolero
La muerte violenta era el destino más común de los bandoleros. El aumento de los asaltos, su insolencia y la falta de éxito en su persecución llevaron a un endurecimiento de las penas. La ejecución de los bandoleros se convirtió en un espectáculo horripilante.
Además de ser ejecutados, los cuerpos de los bandoleros eran arrastrados, descuartizados y sus restos eran expuestos en estacas en los lugares donde habían cometido sus crímenes más graves. Todo esto bajo la proclama de «esta es la justicia que ordena hacer el rey nuestro señor en estos hombres por ladrones famosos: quien lo haga, que lo pague»
Los bandoleros sabían que su destino era inevitable. Por ello, resistían con determinación para evitar ser capturados. Por ejemplo, el riojano Vicente Melero, alias Cuatro ojos, protagonizó un enfrentamiento con sus perseguidores que duró más de un día en la Navidad de 1796. También llevaban a cabo asaltos a cárceles y planes de fuga para liberar a compañeros presos.
Un caso de resistencia y valentía notable fue el de José García, ejecutado en Valladolid el 15 de diciembre de 1787. Condenado a ser arrastrado, ahorcado, descuartizado y tener sus manos y cabeza expuestas en palos separados, se negó a confesar y, cuando le iban a ahorcar, se arrojó para evitar que el verdugo le diera muerte.
El bandolerismo fue durante mucho tiempo el principal desafío de seguridad para las autoridades españolas. A pesar de los esfuerzos desplegados, las cuadrillas continuaban surgiendo. Su declive sólo llegó gracias a dos factores.
Por un lado, la introducción del telégrafo mejoró la comunicación y permitió una respuesta más rápida a las acciones de los bandoleros. Hacia 1880, el bandolero Joaquín Camargo, conocido como el Vivillo, declaró: «Nos ha matado el alambre».
Por otro lado, la creación de la Guardia Civil en 1844 significó el despliegue de una policía disciplinada y profesional en todo el país, poniendo fin a la «edad de oro» del bandolerismo español. La página web presenta un artículo en el que se habla sobre la importancia de mantener una alimentación saludable para cuidar la salud. Se mencionan los beneficios de consumir frutas, verduras, cereales integrales y proteínas magras en la dieta diaria. También se resalta la importancia de beber suficiente agua y evitar el consumo de alimentos procesados y ricos en azúcares y grasas saturadas. Además, se menciona la necesidad de realizar ejercicio físico de forma regular para complementar una alimentación equilibrada. En general, se enfatiza la importancia de adoptar hábitos saludables para prevenir enfermedades y promover el bienestar general.

