Tras la derrota de Cartago en la Segunda Guerra Púnica, Roma se convirtió en dueña de la parte oriental de la península Ibérica y se expandió hacia el Atlántico a través de campañas de conquista dirigidas por gobernadores ansiosos de botín. La romanización llegó a las tierras de los celtíberos a principios del siglo II a.C., logrando una paz inestable en 179 a.C. gracias a un tratado impulsado por Cayo Graco.
Sin embargo, los sucesores de Graco no fueron tan compasivos como él, y cuando en 154 a.C. los habitantes de Segeda comenzaron a fortificar su ciudad, el cónsul Fulvio Nobilior marchó con un ejército de 30.000 hombres para anexionarse la ciudad, argumentando que la construcción de la muralla era un acto hostil hacia Roma.
Ante esta situación, los segedenses se refugiaron con sus familias en la vecina Numancia, una fortaleza imponente de los arévacos construida en un cerro rocoso, lo que arrastró a la ciudad al conflicto. Así dio comienzo la Guerra Numantina.
Los fallos de Roma
Nobilior invadió Segeda y, tras destruir la ciudad, marchó hacia Numancia. En el camino, según Apiano, 20.000 celtíberos emboscaron a la columna romana en un denso bosque, donde 6.000 legionarios perdieron la vida. A pesar de esto, el cónsul continuó hasta Numancia, ahora reforzado por 300 jinetes númidas y diez elefantes, pero al atacar la ciudad, uno de los elefantes resultó herido y causó una estampida que acabó con todo el ejército.
Este revés marcó el desarrollo de la guerra, con ciudades aliadas como Ocilis abandonando a los romanos para unirse a la revuelta indígena, y las legiones incapaces de hacer frente a las tácticas de guerrilla empleadas por los locales.
Al finalizar el mandato de Nobilior, Roma envió al experimentado general Claudio Marcelo para hacer frente a la situación. Marcelo logró la pacífica rendición de Ocilis y trató de negociar con los pueblos insurrectos, logrando finalmente firmar la paz tras sitiar Numancia.
La guerra numantina
En el 152 a.C., Lucio Licinio Lúculo sucedió a Marcelo y, al no poder saquear a los arévacos, se dedicó a atacar a otros pueblos como los lusitanos y vacceos, lo que provocó el levantamiento de Viriato contra Roma. Viriato logró importantes victorias que llevaron a los numantinos a romper el acuerdo de paz.
En el 141 a.C., los romanos marcharon contra Numancia, cercándola con un gran contingente de infantes y jinetes. Sin embargo, su general Quinto Pompeyo no contaba con armas de asedio, lo que llevó a una serie de escaramuzas por el control de las rutas de suministro y un intento fallido de desviar el curso del Duero.
La guerra continuó sin éxito para Roma en los años siguientes, con la humillante rendición de Cayo Hostilio Mancino y 20.000 hombres frente a solo 4.000 celtíberos en la Atalaya de Renieblas. Esto llevó a una paz que fue rechazada por el Senado, y a la entrega de Mancino encadenado a las puertas de Numancia como desafío a los defensores.
En el 134 a.C., el Senado nombró a Escipión Emiliano como comandante de la provincia, quien lideró a Roma hacia la victoria. Emiliano implementó medidas para restablecer la disciplina entre los legionarios hispanos desmoralizados, logrando victorias contra los vacceos.
El asedio de Escipión
Con los aliados de Numancia neutralizados, Escipión marchó sobre la ciudad y decidió rendirla por hambre, rodeándola con fuertes y una muralla para bloquear los accesos. A lo largo de la muralla, los romanos construyeron torres equipadas con artillería y bloquearon el curso del Duero con troncos afilados.
Escipión exigió hombres y provisiones a los pueblos aliados de Roma para mantener el cerco, respondiendo con dureza a cualquier indicio de traición. Las salidas desesperadas de los numantinos contra las fortificaciones romanas llevaron a la escasez de provisiones, mientras Emiliano contaba con un gran ejército para proteger el muro de los ataques celtíberos.
Finalmente, en el 133 a.C., los numantinos se rindieron a Escipión tras sufrir hambre y enfermedades. Muchos optaron por el suicidio antes que enfrentar la deshonra, poniendo fin a una larga y devastadora guerra. Los romanos entraron en Numancia, encontrando a los supervivientes del asedio en un estado lamentable. A pesar de la destrucción de la ciudad, Numancia renacería como un asentamiento romano durante el reinado de Augusto.