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Abel G.M.
Periodista especializado en historia, paleontología y mascotas
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En 1866, el explorador David Livingstone se internó en el corazón de África en busca de las fuentes del Nilo y no volvió a saberse nada de él durante años. Finalmente, en 1869 el periódico New York Herald envió a otro explorador, Henry Morton Stanley, a buscarlo siguiendo las pistas de su expedición.
Tras más de un año de búsqueda, en noviembre de 1871 Stanley llegó a las orillas del lago Tanganica, en una aldea conocida como Ujiji, en la actual Tanzania. Al ver a un único hombre blanco, se acercó a él y pronunció su famoso saludo: “El doctor Livingstone, supongo.” Difícilmente podía ser otro.
Livingstone había caído gravemente enfermo a causa de la malaria. Stanley le pidió que se marcharan de África, pero el primero no estaba dispuesto a irse sin haber cumplido su objetivo de encontrar las fuentes del Nilo. Ambos se hicieron amigos y exploraron juntos el lago Tanganica, tras lo cual Stanley se marchó solo en marzo de 1872.
Livingstone siguió explorando los ríos de África a pesar de su delicada salud. La malaria se complicó con un cuadro de disentería que lo llevó a la tumba el 1 de mayo de 1873. su cadáver fue conservado en sal y repatriado, pero su corazón fue enterrado bajo un árbol porque, según él, le pertenecía a África.
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