Los votantes de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte, los pilares del Reino Unido, acudieron a las urnas con una sensación generalizada de estancamiento económico, exacerbada por la creciente inflación de los últimos años.

A pesar de los esfuerzos sostenidos del primer ministro saliente, Rishi Sunak, el Partido Conservador no logró cambiar el curso predicho por las encuestas. Durante meses, los sondeos habían vaticinado una contundente victoria para el Partido Laborista.

Starmer –recibió 18.884 votos– subrayó que es momento de «poner fin a la política de espectáculo y regresar a la política del servicio público». Starmer, que compareció con una gran sonrisa, acompañado de su esposa y rodeado de sus seguidores, se comprometió a «servir a todas las personas» de su circunscripción, independientemente de si votaron por él o no.

El clima de insatisfacción del país se vio intensificado por las dificultades crónicas del NHS, el sistema de salud pública británico y el número récord de inmigrantes que han llegado en los últimos tiempos. Factores que parecieron inclinar la balanza hacia un deseo de cambio.
Las elecciones generales británicas previas se celebraron en diciembre de 2019 y las siguientes estaban programadas para enero de 2025. Sin embargo, en un movimiento sorpresivo, Rishi Sunak anunció en mayo la anticipación de los comicios. Reconoció que el país enfrentaba «circunstancias inciertas» debido a eventos como el conflicto en Ucrania y el impacto persistente de la inflación en los hogares británicos.