El 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX definió solemnemente el Dogma de la Inmaculada Concepción, un gran día para la catolicidad que había esperado siglos por el reconocimiento formal de esta verdad de fe. España fue reconocida como «Nación Inmaculista» en la Bula papal, destacando la larga historia de devoción a la Inmaculada en el país. La identidad histórica y nacional de España está estrechamente ligada a esta devoción, como reconocen reputados historiadores.
En 1954, para conmemorar el Centenario del Dogma, el Papa Pío XII declaró un año Jubilar Mariano y proclamó a la Virgen María como Reina de la Creación. Argumentó que las desgracias causadas por los pecados podrían ser contenidas por María a través de sus apariciones en toda Europa. Las apariciones en Lourdes y Fátima, así como la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón, son hitos importantes en la historia moderna de la devoción mariana.
En la segunda mitad del siglo XX, durante la Guerra Fría, la consagración del mundo a la Virgen María tuvo repercusiones significativas. La firma del Tratado INF entre Gorbachov y Reagan en 1987, coincidiendo con la fiesta de la Inmaculada, marcó el fin de la guerra fría. La ayuda de la Virgen María se manifestó en la desaparición del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética sin violencia.
La «Era de María» continúa ofreciendo protección en un mundo cada vez más autónomo y tecnológico, recordando la importancia de seguir los designios divinos en un mundo que tiende a decidir por sí mismo lo que está bien y lo que está mal. La devoción a la Inmaculada sigue siendo un faro de esperanza en un mundo que necesita guía espiritual.